Primera parte - vLex Chile

Primera parte

AutorMarinus C. Piepers
Cargo del AutorEx Vicepresidente del Tribunal Supremo de Justicia de las Indias Orientales Holandesas en Batavia
Páginas13-78
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LA REFORMA DEL DERECHO
PRIMERA PARTE
I. Prolegómenos
Triste espectá culo es el que e l mund o civil izado presenta desde hace unos
treinta años . En el último cuarto del siglo pasado, casi en todos los pueblos de
Europa que se llaman a sí mis mo na ciones civilizada s, se han consag rado cada
vez más acentu adamente, por lo menos en cua nto se sentían con fuerza s p ara
ello, a una política de ban didaje co n respect o de p ueblos de civiliza ción infe rior,
es decir, de aqu ellos que no estaban en esta do de defenderse suf icientemente;
apode rarse de s us territ orios, de spojarlo s de su lib ertad y ex plotarlo s en su
provech o, es lo q ue se proponía n desve rgonzadamen te. Aho ra bien ; con la a yu-
da de la vi olencia y la cr ueldad han conseguido sus fines , y las potencia s con -
quistad oras se han repartido ent re e llas casi todos los países que exc itaban su
codicia . Sin dud a todo esto no e ra comple tamente nue vo; hecho s aislado s de est e
género se habían producido con harta frecuencia ; pero antes, este bandoleri smo
no había si do prac ticado c on una imprudenc ia sistem ática ta n comple ta. Se hizo
evide nte que e n el cami no del cr imen inte rnacion al, como en el del crimen
vulgar, lo únic o que cues ta es el primer paso. Se había com enzado en África y en
Oceaní a contra pueblo s que se ll amaban bárbaros; luego se si guió por comar cas
semiciv ilizadas como el sultana to d e Atj eh, el Eg ipto, la Birmania, la Abisi nia;
este último país , si n em bargo, infligi ó a su agres or u na l ección bien merecida .
Existía enton ces u n inme nso i mperio, que poseía una civilizaci ón muy antig ua,
pero cuya organizació n milita r esta ba demas iado atr asada para qu e pudie se allí
oponer una resi stencia seria a las fuerzas euro peas. Ofrecía ademá s el atra tivo
de las gra ndes riquezas ; como se dijo en el Co ngreso de la paz c elebrado en
París en 1900, la plutocraci a eur opea y amer icana expresaba cínic amente el de -
seo de acaparar en su provec ho l os re cursos industri ales extremadame nte pro-
ductivos que existían en l os paíse s en cuestión, pero que pe rtenecían a los habi-
tantes. S e encontraron p retextos del mism o modo que antigua mente los reye s
del mar e scandinavo o las pob laciones de l a Germa nia se unían frecue ntemente
para sus gran des expedi ciones de guerra y sobre todo de pillaje; se organi zó una
coal ición de c onquist a, se mat ó y se pil ló mucho, el emper ador, q ue fue el
princip al moto r de esta h eroica campaña, hizo que se cedies e a su imp erio tod a
una comar ca pertenecient e a e ste imperio. Es verd ad que la sabiduría d e e sta
conquis ta puede parec er más que dudosa; quizá no s ea, a la larga, fácil de con-
servar. La China, obli gada por lo s aco ntecimientos , se verá forzad a a reorga ni-
zar su ejérc ito confo rme a las ex igencias militare s modern as: el Japó n lo ha
hecho ya; par ece ser que esta posición será muy difícil de conser var para Alema-
nia cua ndo llegue n para ell a los días d e adversid ad. Entre tanto, los E stados
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MARINUS C. PIEPERS
Unidos de América han segui do el mal ejempl o de las grande s pote ncias euro-
peas a gravándole; lanzadas por la má s pura con cupiscencia, aunque exc usándose
con fútiles pretext os, ha n des pojado de s us col onias a uno de los más antiguos
Estados de Eur opa, debil itado po r la eda d; se constituían en libe radores, pero en
las Filipi nas, en donde los habitan tes querían ardien temente la libertad, se es-
forzar on en subyugarlos . Luego llególe su vez a un país civi lizado d e Europa, la
Finlan dia, privada de todos sus de rechos con des precio de los más solemnes
juramen tos; po r último , hemo s visto a la Gra n Bretañ a caer sobre las repúblicas
Sud-Afr icanas, a rrebatarles su sue lo hacien do contra ellos una guerr a de l as más
bárbara s, vio lando deliberada mente los us os ad mitidos actualment e por las na-
cione s civili zadas que constit uyen regl a entre l os belige rantes. Todo est o se
llama en lengu aje diplo mático po lítica de expansi ón; expre sión que, aunque
tiene una si gnificación co mpletamente con traria, viene a te ner el mismo valor
juríd ico que esta: «La propie dad es el rob o», tan quer ida de los co munistas;
ambas debe n s er comprendida s según el adagio muy con ocido: «Los negoc ios
son el dinero de lo s demá s.»
No es menos ve rdad que dura nte el primer per íodo, en todas pa rtes de
Europ a, l os m ás n obles espíri tus y los cer ebros más cultos no cesab an d e ve r,
en el deseo de la paz y de l der echo, en la persecuc ión de la fr aternida d en tre
los pueblo s y en e l re speto a sus libe rtades, la condic ión e sencial del progre so
de la civiliz ación, y que la opinión gen eral estaba con ello s. H abía, pues, una
cont radicc ión bien marca da entr e esta c onvicc ión mor al tan e xtendi da y la
práct ica. La in mensa may oría en el mundo civi lizado, y los mejor es y más
culto s form an par te de ella, quier e ciert amente la pa z y condena estos actos de
viole ncia y de bandida je oficiale s; pero estos crí menes se sigue n p erpetran do
por la volunta d de una m inoría, relativa mente es casa, co mpuesta d e gentes
que tien en interés en ello . ¿ Cómo puede suce der esto? Porq ue c on frecuenc ia
la minoría en cuesti ón de tenta el po der e n vir tud de inst itucione s que rige n el
Estad o, y consig ue, r epresent ando f alsamen te las cosa s, atr aer en el sentido de
sus deseos a gran número de ciu dadanos y pro curarse de est e modo una ma yo-
ría que le sirve para reducir a la impotenc ia a las gente s de senti do pa cífico y
que no se deja n arra strar. La a usencia de sentido moral que es la base de es tas
empre sas, e s ahora común a tod os los gobern antes, por lo que s e puede denun-
ciar a udazment e sin temor a n inguna in tervenci ón. De esta ma nera es com o
actua lmente el derecho del más fue rte h a l legado a reempla zar en l as relacio-
nes de los pueblo s el des eo d e la paz com ún y el prog reso pacífi co q ue e s su
resultado .
El peri ódico El Europeo publicó no hace poco tiempo, bajo el título de Finlan-
dia y Transvaal, un artículo d ebido a la pluma de M Anatolio L eroy-Beaulieu, e n el
que este fam oso econo mista se preocupaba de los hec hos expue stos. Ahora bien;
aunque yo soy d e su opin ión en mu chos puntos, me parece, sin embarg o, que su s
miras sobre este asunto no son suficientes, ni en cu anto al alcan ce soci al de los
hechos en cuestión , ni en cuanto a los medios emplea dos para poner rem edio. En
el prime r punto, el autor me parece que n o ha echado de ver e n los hechos de que
hablamos ese retro ceso de la civilizac ión que es su verdadero car ácter, y que, por
consiguiente , en él es donde se oculta el peli gro que amenaz a. En cuanto al segun-
do punto, deduce que el esta do ac tual de las relacione s inter nacionales muestra
que el principio del derecho no merece aún bas tante autoridad moral p ara hacerse
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LA REFORMA DEL DERECHO
respetar por los p oderosos de la tierra , y que, por consiguie nte, no pued e prescin-
dir aún de la fuerza material, de la cual solamen te depende su d efensa. No creo en
modo algu no, por lo que a mí toc a, que la fuerza ma terial sea el úni co ni el
verdadero apoyo del derecho ; tanto menos lo creo cuanto que la historia está ahí
enseñándono s de un siglo a otro que la fuerza es la may oría de las veces antes l a
enemiga del derecho que s u protectora ; y la serie misma de abusos de la f uerza
que e stamos viendo en estos momentos pr ueba que no es p osible fundar esperan-
zas en su apoyo. En cuanto a mí, no temo admitir que la autor idad moral del
derecho debe necesari amente, aun que poco a poco, a firmarse en vi rtud de la
evolución social, y esto de tal suerte, que el porvenir está lleno de promesas, a
pesar de todo lo que hay de desalentador en los hechos de que estamos siendo
testigos. Tengo poderosos motivos para mantener esta convicción: estos motivos
brotan de lo que el estudio de l a his toria desde el pun to de vista evolu cionista
enseña sobre la marcha de la evoluci ón de la ps iquis human a. Esto es l o que me
propongo demostrar en las siguientes páginas.
Los ejemp los citados demue stran que una en fermedad socia l peligrosa y
muy seri a ha ataca do a la parte de hu manidad que se considera como constitutiva
del mundo civ ilizado. El síntoma más manifiesto de esta enfermedad consiste en
el retroceso c ontinuo precisament e de lo que es la esencia de la c ivilización y
constituye su v alor, de que hace de ella l a medida del nivel alca nzado por el
hombre en su desarrollo, no ciertamente en su des arrollo intelectual, sino en su
cultura moral. Para que el h ombre llegue a ser útil a la sociedad e s preciso q ue su
desarrollo intele ctual va ya a la par con su cultura moral, sin lo que la re acción
mutua ne cesaria no es suficientemente posible entr e las dos y sus ide as sufrirán la
influencia. No encontrándose armónicamente unidas estas dos tendencias, los ac-
tos e n los cuales se manifiesten reposarán desde entonce s en principios com pues-
tos según los elementos discrepantes y pr esentarán por esto un ca rácter morbos o
nocivo a l bienestar de la socied ad. Si uno de estos dos lados de la cultura humana
queda muy atrás, la consecuencia será inevitable mente u n reb ajamiento propor-
cionado del niv el alcanzad o por el hombre civilizado actual, nivel pr oducido por
la acción común de las d os tend encias. Un g ran r etroceso moral deberá romper
necesariamen te la correlación entre los dos , y dificultará también necesariamente
a su vez el desa rrollo intelectu al. Es éste un gran peligro; lo que puede res ultar de
estas cosas, es que la forma de civilización que llamamos la civi lización occiden-
tal o europea, o también cristiana , po rque ha sido formada bajo el imperio del
cristianismo y de su altruismo, se en torpecerá mortalmente, lo mismo que suc e-
dió con l a civiliz ación chin a.
Nuestra civilización es un producto del desarrollo humano al través de los
siglos. Es preciso, pues, para darse cuenta de la enfermedad de que está atacada,
llevar ante todo la atención sobre la naturaleza de este espíritu.
Examinemos lo que la ciencia, en el punto a que ha llegado actualmente, nos
enseña sobre este punto. Y decimos la ciencia, porque no podemos esperar que se
encuentre la luz sino en los hechos susceptibles de ser compro bados científicamen-
te. Las afirmaciones teológicas no entran aquí en línea de cuenta, por ejemplo, la
que sienta el principio de que el alma humana es una sustancia sobrena tural colo-
cada por l a voluntad divina en el cuerpo, para permanecer en él temporalmente.
Tales tesi s descansan exclusivamente en un acto de fe; escapan a toda tentativa de
demostración y su valor científico es, por consi guiente, nulo.

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