Por una política democrática de «nueva prevención»
| Autor | Massimo Pavarini |
| Cargo del Autor | Profesor ordinario de la Universidad de Bolonia |
| Páginas | 157-176 |
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CASTIGAR AL ENEMIGO. CRIMINALIDAD,EXCLUSIÓN E INSEGURIDAD
XI. POR UNA POLÍTICA DEMOCRÁTICA DE «NUEVA
PREVENCIÓN»
Para «reducir los daños» de la política
Sobre «qué hacer», obviamente son pobres las ideas. Debe quedar claro, tam-
bién la cultura progresista sufre los mismos retrasos de la política. Por consiguien-
te, no presumo en lo más mínimo. Como técnico de la cuestión –no sabría definir-
me de otra manera, aunqu e e sta identidad profesion al me pa rece en ocasiones
excesiva– he madurado progresivamente el convencimiento sobre unas pocas –más
bien poquísimas– cosas «en negativo», esto es, sobre algunas cuestiones que una
fuerza política democrática y pr ogresista no debería hacer nunca en el tema de la
seguridad.
En síntesis y con palabras simples:
• Resignémonos. El tema de la seguridad nos acompañará todavía por mu-
cho tiempo. Si no es otra cosa que el modo en el cual actualmente son
construidos, en la realidad y en el imaginario colectivo, los problemas
conexos a los procesos de transformación en curso, sería un imperdonable
error esperar que pase de moda. Aunque constreñidos, conviene hacerse
cargo.
• Pero no nos ilusionemos tampoco considerando que la recuperación de la
política progresista sobre este tema –si acaso llegaría a darse– pueda ser
repentina, en el sentido de que ésta sea capaz de deconstruir el tema de la
seguridad y, por lo tanto, traducirse en una acción del gobierno hacia un
nuevo orden. Precisamente este sería el objetivo, pero un resultado seme-
jante no puede darse por sentado. Quiero decir que, por un cierto lapso,
tal vez deberíamos contentarnos con cometer el menor número de errores
posibles –una suerte de reducción del daño de la política–, más que presu-
mir que podemos dar en el blanco.
• Uno de los errores que no deberían jamás cometerse es el de asumir el
tema de la seguridad como un problema que se puede resolver. Sé bien
que desde este punto de vista los oídos de la política no a doran escuchar-
nos, pero se deberán habituar a no ser más oídos sordos. No todos los
problemas pueden ser resueltos. Por la buena raz ón de que no son pro-
blemas o de que no están adecuadamente formulados. Y el de la seguri-
dad es tanto un no-pr oblema, como un problema mal formulado. No hay
farmacum porque no hay enfermedad de la cual debemos defendernos.
Afrontar al electorado prometiendo proporcionar seguridad, quiere decir
actualmente garantizar el seguro fracaso en el turno electoral sucesivo. La
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MASSIMO PAVARINI
seguridad es un –o «el»– tema del gobierno, en gener al, de la ciudad. Se
puede y se debe gobernar la seguridad sin tener que pr ometer que se
abatirá la inseguridad. Hacerse cargo (to care) no significa resolver.
• Pero hacerse cargo quiere decir, en todo caso, seleccionar un punto de
vista. También las políticas malthusianas se hacían cargo de la miseria
desde un cierto punto de vista. La seguridad, si es un «bien privado», es
un bien escaso y en concurrencia con otros, como he dicho precedente-
mente. Y entonces ¿qué orden político debe priorizarse? El oportunismo
político se dir ige obviamente hacia el centr o, hacia las clases medias ,
precisamente donde se deciden las cosas, porque all í se construyen las
mayorías políticas. Temo que desde la óptica de la seguridad las clases
medias se revelen dema siado ramificada s o amplias para hacerse cargo
comprensivamente de esta tarea. Por consiguiente, pienso que la cuestión
es muy diferente: se requier e que progresivamente las fuerzas políticas
progresistas interpreten la seguridad como «bien público», sin cae r ob-
viamente en el fácil error de reducir el tema de la seguridad ciudadana a
cuestiones de orden público. Lo sé, no es algo fácil de hacer, pero, una vez
más, es absolutamente necesario. Y la seguridad puede ser entendida y
gobernada como bien público sólo en la producción de mayor seguridad
de los derechos de todos, in primis, de quienes sufren de menor tutela de
sus propios derechos, los sujetos más débiles. No resulta tan difícil enten-
derlo: es necesario a ctuar políticamente en el sentido exactamente opues-
to al del gobierno de la seguridad como bien privado. Se puede resumir
en un solo slogan: la seguridad como bien público se produce y gobierna
ampliando los espacios donde tienen cabida los derechos; esto es, de he-
cho pa radójicamente, ampliando la cultura y la s oportunidades de asun-
ción de los riesgos. Si la política de la seguridad como bien privado con-
vence de reducir nuestros derechos para correr menos riesgos, la política
de la seguridad com o seguridad de los derechos de todos convence de
correr más riesgos para garantiza r el ejercicio de nuestros derech os.
• Siendo justamente el tema político por excelencia –la seguridad– debería
ser gobernado en términos no ideológicos, o al menos, menos ideológi-
cos. No digo ban almente pragmáticos, pero sí en términos laicos. Quiero
decir que muchas cuestiones de desorden social son producidas o amplifi-
cadas por el pr oceso definitorio que coloca a las mismas en el área de la
ilegalidad. Los grandes mercad os ilegales de la droga, de la prostitución,
del juego de azar, se han convertido en emergencias de seguridad, sólo
porque se ha querido que así sea. Y por igual voluntad, pero en sentido
opuesto, tales emergencias no existirían.
• Se dice, y en parte concuerdo, que Italia ha podido privarse de políticas
públicas de control social –y en todo caso, también de políticas sociales
avanzadas–, porque la disciplina social estaba en parte garantizada por la
presencia de un fuerte y difuso «capital social» (Putman 2000). In primis la
familia, pero no sólo ella: las asociaciones, el voluntaria do y otras redes
sociales. Pero la cuestión persiste: ¿es posible confiar todavía –y en qué
modo– en que el capital social se apropie de funciones di sciplinares y de
control?; ¿es posible todavía solic itar y, por consiguiente, gobernar este
patrimonio en una prospectiva de progresiva reducción de la hegemonía
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