La creencia en el orden individualista sección primera - vLex Chile

La creencia en el orden individualista sección primera

AutorMaurice Hauriou
Cargo del AutorProfesor de la Universidad de Toulouse (Francia)
Páginas53-142
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PrinciPios de derecho Público y c onstitucional
liBro Primero
las creencias constituci onales
caPÍtulo Primero
la creencia en el orden indivi dualista sección Primera
sección Primera
el orden individualista co nceBido como suPeración
de las liBertades individuales
§ i.—el orden individualista según el derecho natural
Las creencias político morales son la fuerza del régimen constitucional.
No importan tanto los mecanismos políticos como las energías espirituales
que los han creado y que los animan. Estamos en presencia de creencias y
de convicciones. No vamos a hacer una historia de las doctrinas, historia que
frecuentemente evoca la idea de doctrinas muertas. Entendemos que han de
considerarse como vivas las creencias sobre las cuales reposa el orden indivi-
dualista de nuestras sociedades.
No trataremos de probar de un modo dialéctico la verdad de estas creen-
cias. Nos limitaremos a exponerlas y a demostrar los frutos de civilización
que han producido, y seguiremos para esto un método tan positivo como sea
dable. Mostraremos cuáles son las creencias fundamentales de los pueblos
que han hecho la civilización europea. O no existe la verdad, o estas creencias
contienen la parte más grande de verdad que puede contener una creencia,
pues ellas han realizado no solo la mayor civilización material, sino la más
bella civilización moral. Poseen, pues, un valor positivo1.
Las creencias constitucionales tienen por objeto: primero, las ideas sobre
las que reposa el orden; segundo, el poder de derecho; tercero, la libertad. En
este capítulo examinaremos las creencias que sirven de asiento al orden. El or-
den social se traduce exteriormente por la paz social, pero no reposa el orden
1 No hay que dejarse impresionar por el sosma que consiste en pretender que la civilización
moderna ha superado, gracias a la ciencia, el punto a que podían conducirla las creencias
morales. En lo que concierne a la civilización moral, la ciencia es impotente; nuestra
civilización vive todavía de las creencias morales que la han formado, y de la mentalidad
que ellas crearon. Allí donde se debilitan estas creencias hay visiblemente una regresión
moral.
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Maurice Haouriou
sobre la paz, sino al contrario, la paz sobre el orden, y este, a su vez, reposa
sobre la creencia de los hombres en ciertas ideas.
No tenemos la pretensión de reconstituir exclusivamente todo el orden so-
cial con las libertades individuales o con los individuos tan solo; sabemos que
hay en la sociedad algo que supera al individuo, y este algo no es, sin embar-
go, la “conciencia colectiva” admitida por la triste sociología de Durkheim; es
un elemento tan individualista como el hombre mismo: es la idea. La sociedad
es un tejido cuya trama está formada por las libertades subjetivas de los hom-
bres, hijas de la libertad, y cuya urdimbre la constituyen las ideas objetivas.
Excede la psicología humana para sumergirse, en parte, en el mundo de las
ideas, que es exterior a la persona humana, siquiera se comunique esta con
aquél por las categorías de la razón.
Por la extraordinaria importancia que el elemento de la idea tiene en la so-
ciedad, debemos estudiar primeramente el orden individualista, tal como se
proyecta sobre el plano del Derecho natural, que es el plano de la moralidad
y de la justicia. Dos cuestiones deben ocuparnos aquí: primera, los caracteres
de los datos ideales de la moralidad y de la justicia; segunda, el contenido dé
estos datos en lo que respecta al orden individualista.
i. caracteres que Presentan los da tos ideales de la moralidad y de la
justicia.
Estos caracteres son tres: primero, las nociones ideales las proporciona la
especie, es decir, el espíritu de todo hombre, conforme al tipo de la especie
humana; segundo, son objetivas, que vale tanto como decir que provienen del
mundo de las ideas; tercero, son inmutables:
1.º Están proporcionadas por la especie humana.—En consecuencia, son ante-
riores a la organización social; no son un producto de la sociedad ni de la
civilización, sino los factores de estas. Tiene gran importancia esta cuestión,
y lo que acabamos de armar supone otra armación previa, a saber, que
la especie humana es anterior a la sociedad organizada. Esta proposición ha
sido la base de todas las especulaciones sobre el hombre y la sociedad, hasta
el advenimiento de la sociología contemporánea. Se venía admitiendo implí-
citamente, y aun formalmente, que la sociedad organizada era cosa muy dife-
rente de la especie humana; que aun cuando, sin género de duda, uno de los
caracteres de la especie era la sociabilidad, no constituía este sino una aptitud
y una energía virtual; nalmente, que la realización de la sociedad organizada
era un fenómeno posterior a la aparición de la especie.
En resumen, la especie humana era sociable, pero no era una sociedad. Re-
sultaba de aquí que los conceptos fundamentales de la razón humana estaban
suministrados por la especie con anterioridad a toda organización social, y
eran factores de sociedad. Se traducía esto diciendo que la sociedad era un
producto de la psicología humana, y el mismo Spencer, en su clasicación de
las ciencias, consideraba la sociología como una rama de la psicología.
Los sociólogos contemporáneos han invertido los términos. Para ellos, la
especie y la sociedad humana son una sola cosa, y la especie humana hubo de
aparecer bajo forma de sociedades organizadas. La consecuencia de esto sería
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PrinciPios de derecho Público y c onstitucional
que los conceptos fundamentales de la razón humana se deberían a un origen
social, y, en último análisis, se comunicarían a las conciencias individuales
por la conciencia colectiva. Así, el ideal de la justicia sería colectivo.
Esta audaz subversión de los datos tradicionales se apoya en la concepción
de la conciencia colectiva. Ante el hecho de que existe en la sociedad alguna
cosa que rebasa las conciencias subjetivas, Durkheim y su escuela, en vez de
ver lo que realmente existe en esa cosa, o sea las ideas, han visto en ella una
conciencia colectiva, nueva forma de existencia que se extrae de las concien-
cias particulares por el hecho de la asociación de estas, y que forma un ser
colectivo, una individualidad psíquica de nuevo género, distinta de las con-
ciencias individuales. Esta conciencia colectiva constituye al propio tiempo el
medio social que determina la evolución colectiva, mediante el ejercicio de la
coacción que él entraña2.
Semejante construcción ha podido ilusionar durante algunos años mien-
tras no es tenía la experiencia de “nuevas evoluciones colectivas”. Pero desde
que hemos visto los esfuerzos de los fundadores de sindicatos y de los agi-
tadores de huelgas, nos ha llamado la atención el absurdo de que “el medio
social fuese el factor determinante de la evolución”. El medio social puede
constituir una resistencia, pero carece por sí mismo de toda iniciativa; está
exclusivamente formado por carneros de Panurgo, cuyo destino consiste en
ser eternamente conducidos. La causa determinante de la evolución social
está en los conductores de masas, siempre que enarbolen algunas ideas. Se
puede reconstruir el mundo social, sin necesidad de la hipotética y peligro-
sa conciencia colectiva, con los caudillos que se llaman inventores, hombres
de genio, jefes, y con las ideas al servicio de las cuales ponen todos ellos su
voluntad y su poder, ideas que llegan a ser creencias en los demás hombres3.
2 Durkheim, en Les régles de la méthode socialogique, 6.ª ed., 1912, Alcan, pág. 152, arma:
“Cuando decimos que la vida social es natural, no queremos decir que encontremos su
fuente en la naturaleza del individuo, sino que se deriva directamente del ser colectivo
que es, en sí mismo, una naturaleza sui generis; queremos decir también que dicha vida es
el resultado de esta elaboración especial a que se someten las conciencias particulares por
el hecho de su asociación, de donde se desprende una nueva forma de existencia”; y en la
pág. 157: “Agregándose, penetrándose, fusionándose, las almas individuales dan nacimiento
a un ser, psíquico si se quiere, pero que constituye una individualidad psíquica de nuevo
género”; en nota: “He aquí en qué sentido y por qué razones puede y debe hablarse de una
conciencia colectiva distinta de las conciencias individuales. Para justicar esta distinción
no es necesario hipostasiar la primera... [tampoco las segundas, porque para la psicología
positiva toda conciencia se reduce a estados de conciencia], ya que los estados que la
constituyen dieren especícamente de los que constituyen las conciencias particulares.”
Esta conciencia colectiva es simultáneamente el medio social, pero un medio activo,
puesto que es un ser y una conciencia; pág. 138: “El primer origen de todo proceso social
de alguna importancia debe buscarse en la constitución del medio social interno...”; pág.
143: “La concepción del medio social como factor que determina la evolución colectiva,
Heno la mayor importancia...”
3 Además de la objeción fundamental inserta en el texto y que conrma la radical impotencia
del medio colectivo para ser el factor determinante de cualquier cosa, he aquí otras tres
observaciones que no son despreciables:
1.ª La conciencia colectiva sería por lo menos el resultado de la asociación, de la
agregación, de la penetración, de la fusión de las conciencias individuales; habría, pues,

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