La comunidad de estados europeos en la historia moderna
| Autor | Werner Näf |
| Cargo del Autor | Profesor de la Universidad de Berna (Suiza) |
| Páginas | 101-119 |
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Su naturaleza interior y sus relaciones exteriores solo parcialmente
determinan el carácter político de un Estado; este carácter únicamente alcanza
forma última dentro del complejo que acostumbramos a llamar «sistema
de Estados». El Estado no se encuentra aislado, ni puede ser aprehendido
plenamente, si se le entiende no más que como una individualidad que
mantiene relaciones ordenadas con otros Estados y que se halla con ellos en
una posición de amistad o enemistad; el Estado es, más bien, parte y, en el
mejor de los casos, órgano de una totalidad de más amplias dimensiones, la
cual, si bien difícilmente denible, actúa con fuerzas relativamente constantes,
y, organizada o no como tal totalidad, abarca todos los Estados singulares
y sus relaciones recíprocas. Cuando hablamos de un Estado europeo o
americano, no solo utilizamos con ello una denominación geográca, sino que
formulamos, además, una determinación esencial; lo que decimos con ello es
que el Estado pertenece a Europa o América, las cuales no son solo continentes,
sino, además, realidades políticas e históricas. Y de la misma manera, cuando
hablamos del Imperio Británico, no solo aludimos a su extensión, sino a una
serie de funciones, posibilidades y cometidos en relación con la totalidad de
todos los países e intereses del globo. La consideración atenta de un Estado
singular cualquiera nos prueba esto con toda evidencia. Pensemos, por
ejemplo, en Suiza. Suiza existe como Estado democrático federal con todos
sus rasgos peculiares, y dispone su política exterior y su comercio extranjero
de acuerdo con lo que estima más conveniente y acertado. Y, sin embargo,
solo en Europa es Suiza posible como esa Suiza que nosotros conocemos como
idea y como hecho vivo; solo en Europa ha podido ser lo que ha llegado a ser,
y puede set lo que es y será. La neutralidad suiza, por ejemplo, adquiere su
pleno sentido, no por ciertos derechos y obligaciones frente a determinados
Estados singulares, ni tampoco por la suma de aquéllos y estas, sino solo por
un comportamiento dentro de una conexión vital más amplia, existente como
totalidad.
Por esta razón, si bien la historia general tiene que ocuparse de la política
interior y exterior de los diversos Estados, tiene también que preguntarse por
el desarrollo del «sistema de Estados», el cual constituye, por ello, un tema
histórico permanente.
El Estado singular y el «sistema de Estados» se condicionan recíprocamente:
no hay sistema de Estados sin Estados singulares, ni hay tampoco Estado
singular con pleno desarrollo sin un sistema de Estados. El Japón, encerrado
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Werner näf
en sí como lo estuvo un día, corrió peligro de anquilosamiento, porque no
mantenía relaciones recíprocas, porque le faltaba el proceso vital de la
asimilación, del que depende todo desarrollo. El ambiente, en la vecindad
y en la lejanía, es algo más que un mero marco: es el espacio vital de todo
Estado singular fuera de sus fronteras políticas. Solo dentro de este ambiente
puede respirar libremente el Estado. La disolución del sistema de Estados
privaría de aire al Estado singular y haría que muriese lentamente en su
propia anarquía; su fusión en un bloque unitario, por otra parte, eliminaría
a los Estados singulares como tales. La historia nos muestra que ni lo uno
ni lo otro es posible. Ha habido momentos históricos en que han aparecido
en peligro, unas veces el Estado singular y otras un sistema de Estados
ordenado. La vida política, empero, ha sabido superar siempre tales
momentos, justamente porque precisa de ambos factores: del Estado singular
y del sistema de Estados. La relación entre ellos ha cambiado, sin embargo,
constantemente a lo largo de los siglos. Por eso, si bien es verdad que no
tendría sentido preguntarnos si ambos han existido, sí podemos, en cambio,
hacernos cuestión de cómo nos salen al paso en el curso de la historia. Y como
la asociación y la estructura, en tanto que esencia vital del Estado, son, en
alta medida, producto de una voluntad organizadora, podemos plantearnos
el problema histórico de cuáles son las energías que han conformado en el
pasado la comunidad de los Estados, y el problema político de cuáles son las
energías que pueden conformarla en el presente para el futuro.
«Sistema de Estados» es un concepto poco satisfactorio. Su sentido literal
sugiere demasiado y ofrece, por ello, muy poca intuición en sentido propio.
Demasiado, decimos, porque solo en muy raros casos puede hablarse en la
historia de un sistema de la sociedad estatal y de su política, aprehensible
intelectivamente y dotado de estructura lógica; y demasiado poco, porque
la existencia vital de una conexión de esta especie no depende en absoluto
de un sistema. Así hablamos en la historia, por ejemplo, del orbis terrarum,
del espacio mediterráneo, del Occidente cristiano y del concierto europeo,
mientras que solo a partir del siglo XVII podemos hablar con verdadero
derecho de un sistema de Estados europeo, ya que solo entonces se jaron
principios y programas, que, entendidos como fundamentos de un Derecho
internacional, trataban de sistematizar la convivencia de los Estados.
Sin embargo, aquí no nos importa tanto la determinación conceptual como
la exposición de los fenómenos y procesos históricos. Nuestro problema es:
¿Cómo se nos presenta «Europa» en el curso de la historia? ¿Qué «órdenes
europeos» ha habido a lo largo de los tiempos? No hablo de las teorías cuando
estas han permanecido en la esfera de la especulación losóca, condicionadas
y condicionantes históricamente, pero sin inuir de un modo inmediato la
realidad política. El problema de las relaciones interestatales ha provocado
siempre necesariamente la discusión sobre problemas de la existencia humana
y estatal: ¿Qué es y qué debe ser el hombre? ¿Qué es y qué debe ser el Estado?
¿Cómo puede el hombre, insertado como se halla en la comunidad política,
hacer valer su carácter humano por encima del Estado? ¿Cuál es el n del
Estado? ¿En qué relación se encuentran la libertad y el poder? ¿Constituye un
progreso el desarrollo? ¿Hay algún camino para la paz perpetua? No hablo
tampoco de presuposiciones, comienzos o desenvolvimiento del Derecho
internacional. Lo que aquí nos interesa no es el aspecto histórico o losóco
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