Capítulo VI. La nocion de persona y su dignidad inherente: el cristianismo antiguo y medieval - vLex Chile

Capítulo VI. La nocion de persona y su dignidad inherente: el cristianismo antiguo y medieval

Páginas209-252
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La traición de Los fiLósofos
crisis posmoderna de Los derechos humanos
capÍtulo vi
La nocion de persona y su diGni dad inherente:
el cristianismo antiGuo y medieval
1. proleGómenos al capÍtulo
A manera de introducción al capítulo, con carácter propedéutico y para
adentrarnos con pie rme en el mismo, es importante tener una claridad con-
ceptual básica acerca de los siguientes aspectos: ¿cuál es el fundamento en
que se sustenta la Iglesia Católica?; ¿qué se entiende por “el depósito de la fe”?;
¿qué debe entenderse por “revelación” y cómo adquiere legitimidad la tra-
dición?; ¿cuál es el factor común aglutinador de un conjunto de pensadores
cristianos de la antigüedad conocidos como “Padres de la Iglesia”?
Despejadas estas nociones básicas, proseguiremos con la exposición de los
elementos centrales de la apologética, en el pensamiento de algunos de sus
principales guras: Justino Mártir y Tertuliano, representante, respectiva, de
los padres griegos y latinos de la Iglesia primitiva.
Seguidamente, partiendo de la división del tiempo en dos grandes perío-
dos: la Patrística (hasta el siglo IV) y la Escolástica (hasta el siglo XIV), hare-
mos una reseña del pensamiento de sus principales expositores –San Agustín
y Santo Tomás-, para luego concluir con sus nociones acerca de la persona y
su condición inherente.
2. iGlesia, revelación y tradic ión
a) el mandato espiritual y la historicid ad de la iGlesia:
El Jesús histórico, el Verbo de Dios encarnado, tras su inmolación pascual,
en la plenitud de los tiempos, convertido en el Cristo o Mesías Resucitado, as-
cendió a los cielos, no sin antes encargar a sus Apóstoles (testigos), la misión
de difundir la buena nueva, la doctrina salvíca enseñada por Él. La Iglesia
tiene, por lo tanto: i) un fundamento escatológico (sobrenatural y salvíco), al
ser instituida por Cristo; y ii) un fundamento histórico, que se mantiene vivo
a través de la sucesión apostólica.
En su introducción a la Historia de la Iglesia, el sacerdote luxemburgués Jo-
seph Lortz, destaca ese origen sobrenatural de la Iglesia, armando: “La Igle-
sia es el cuerpo místico de Cristo, el Cristo que sigue viviendo. Por eso es algo divino y
objeto de fe. Como tal no puede ser captada ni comprendida, en el sentido propio de la
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Edmundo Castillo salazar
palabra, por la inteligencia humana; éste puede, sin embargo, penetrar en su natura-
leza y sus obras con hondura suciente para hacer de ella una exposición cientíca”.1
Sobre esto, hay absoluta coincidencia en todas las confesiones cristianas:
la Iglesia es el “corpus mysthicum”, la comunidad de todos los eles que la
conforman, unidos espiritualmente por la obediencia al Señor. Sin embargo,
las coincidencias confesionales llegan hasta ahí. Los temas restantes alrededor
de la Iglesia han suscitado la división de los eles, cuya mayor fragmentación
fue el “Cisma de Occidente”, acaecido en el siglo XVI d.C.:
Para los protestantes, luteranos y calvinistas, la Iglesia consiste únicamente
en la comunidad espiritual de eles; de donde se sigue que tanto su organi-
zación como su autoridad, pertenecen al ámbito histórico y, son, por lo tanto,
esencialmente mudables (o eliminables) como categorías históricas.
Para los católicos, la Iglesia, además de la comunidad espiritual de eles,
supondría también la existencia de una organización depositaria de la fe, rec-
tora de la buena doctrina, y administradora de los Sacramentos, cuyos funda-
mentos sería igualmente sobrenaturales, instituidos jerárquicamente desde el
primado de Pedro y, luego, con sus sucesores apostólicos.
El también sacerdote, August Franzen, en apretada síntesis, describe esta
polémica:
“La cuestión de la historicidad de la fundación de la Iglesia por parte de
Jesucristo ha sido objeto de frecuentes debates desde comienzos de la Edad
Moderna, y se concentra en la pregunta acerca de si Cristo predicó única-
mente un cristianismo universal o si, al mismo tiempo, dio a su religión
una sólida organización en la forma de una Iglesia institucional, y quiso
conarle sólo a ella la proclamación de su evangelio y la prosecución de su
obra de salvación”. 2
Y luego agrega: “El concepto espiritualista de la Iglesia (Ecclesia spiri-
tualis), propio del nal de la Edad Media, llevó en la época de la Reforma
protestante, al rechazo y la lucha violenta contra la Iglesia papal, a la
que los reformadores atribuían la falsicación de la voluntad originaria
de Cristo.
En un tiempo más próximo a nosotros, el protestante Rudolf Sohm (1917),
en su Derecho Canónico (1917), sostuvo, partiendo del concepto luterano
de Iglesia, la tesis según la cual Cristo no habría querido instituir una
Iglesia, sino que se habría limitado a predicar un cristianismo puramen-
te espiritual; y, por lo tanto, el cristianismo primitivo habría carecido de
cualquier ordenamiento exterior y de cualquier estructura organizativa
y, dado que estaba guiado y unido sólo por el espíritu de amor, no habría
conocido ninguna forma institucional eclesiástica…”.3
De esa faceta o dimensión “histórica” de la Iglesia, se han desprendido dos
grandes problemas:
-
En el seno mismo de la Iglesia católica:
1 Lortz, Joseph: “Historia de la Iglesia”, Tomo-I, Ediciones Cristiandad, Madrid, 2003, pág. 21.
2 Franzen, August: Historia de la Iglesia”, Editorial Sal Terrae, Santander, 2009, Pp.17-18.
3 Franzen, August: Ob. Cit. Supra, pág. 18.
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La traición de Los fiLósofos
crisis posmoderna de Los derechos humanos
La cuestión de la autoridad papal versus la autoridad conciliar representa-
da por los cardenales y obispos. El “problema del conciliarismo” se fue gestando
tras la reforma gregoriana y el fortalecimiento de la gura papal (S. XI-XII
d.C.). Sintomáticas de esta concentración fueron las llamadas “Clementinas”
(S. XIV d.C.), que se agregaron al Corpus Iuris Canonici. En ellas, el papa se
investía de la autoridad para redactar denitivamente las decisiones tomadas
en los concilios y someterlas a revisión, de manera que los concilios se condu-
cían bajo la absoluta férula papal.
Jedin señala que “…todo esto cambió cuando comenzó a reclamarse para los con-
cilios –en calidad de representantes de la cristiandad y de los miembros de la Iglesias-
derechos constitucionales que se trató de imponer durante un período de debilidad del
papado”.4
En efecto, la autoridad ponticia se vio reducida a su mínima expresión
cuando la escisión de Avignon, en que la Cristiandad presenció el espectáculo
de dos papas (Urbano VI y Clemente VII), desconociéndose mutuamente, cru-
zándose anatemas y dividiendo a los eles en dos bandos contrarios.
Para superar la situación, se convocó al Concilio de Pisa (1409), en que –las
autoridades conciliares (de dudosa legitimidad en vista que sus nombramien-
tos derivaban de la autoridad cuestionada de los papas), desconoció a ambos
y erigió a un tercer papa. Y en vista que la situación persistía, se convocó al
Concilio de Constanza (1417), con el que se retornó a la unidad papal, no
sin un alto costo para esta dignidad, en vista que las autoridades conciliares
emitieron el decreto “Frequens”, por el que “…los concilios pasaban a ser una
institución estable de la Iglesia y una como suprema instancia con función de super-
vigilancia de los actos del papado”.5
En concilios subsiguientes (Basilea, 1431), la teoría conciliar cayó en descré-
dito, ante los excesos de las autoridades conciliares, que se pretendieron erigir
en suprema instancia judicial y administrativa de la Iglesia. Adicionalmente,
llegaron hasta a declarar hereje al Papa por no someterse al “dogma de la supre-
macía del concilio sobre el papa”.6
En las décadas por venir, el problema más apremiante de la reforma de la
Iglesia, junto con el desafío protestante, terminarían marginando esta preten-
sión corporativista conciliar. En el Concilio de Letrán (1512-1517) era materia
trasnochada. Con todo, algún sector del catolicismo mantiene viva su impug-
nación al Primado del Papa destacando, incluso, que la Iglesia no es sino una
organización puramente humana e histórica, resultante de un modelo insti-
tuido por Pablo entre los gentiles.
Así, en un libro bastante nocivo para el catolicismo, donde se llega, incluso,
a negar el dogma de la Santísima Virgen María (de hecho, todo lo resultante
del Concilio Vaticano I), Hans Küng, arma:
“Los obispos de la iglesia católica (como los de la iglesias anglicana y or-
todoxa) se enorgullecen en llamarse “sucesores de los apóstoles”. Se dice
4 Jedin, Hubert: “Breve Historia de los Concilios”, Editorial Herder, Barcelona, Segunda
edición, segunda reimpresión, 1963, pág. 80.
5 Jedin, Hubert: Ob. Cit. Supra, pág. 91.
6 Jedin, Hubert: Ob. Cit. Supra, pág. 99.

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