Capítulo IV: De la industria - vLex Chile

Capítulo IV: De la industria

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FilosoFía del derecho
caPíTUlo iV
de la indUsTria
Hasta ahora hemos considerado el desarrollo intelectual del hom-
bre sin tener en cuenta las necesidades que le rodean. El, sin embargo,
no puede aplicar su inteligencia al culto, a la ciencia, al arte sin sus-
tentar su cuerpo. La tierra no es fértil si no la riega con el sudor de su
frente. Pero el trabajo no fue una maldición, sino una rehabilitación.
La tierra no fue verdaderamente maldita más que para Caín, al cual
dijo Dios: «Cuando la labrares, no te dará sus frutos.» Sin embargo,
Dios le permitió fundar una ciudad, a la que llamó Enoch, donde en
la sexta generación nació Tubalcain, el cual trabajó con el martillo y fue
artíce de toda clase de trabajos en hierro y en cobre.
Dejando las tradiciones semíticas por las arias, vemos que los la-
bradores y los artesanos salieron de las piernas de Brahma, mientras
que los sacerdotes salían de su boca y los guerreros de sus brazos. La
historia nos muestra, muchos siglos antes de nuestra era, a los Pelas-
gos repartidos en todo el litoral del Mediterráneo, desde la Etruria al
Bósforo, en la Arcadia, la Argólida, el Ática, el Lacio y quizás también
en España, donde dejaron multitud de monumentos indestructibles,
murallas formadas por enormes rocas sin cemento alguno. «Poco des-
pués, esta gran raza desaparece, dice Michelet; sus tribus perecen, se
fusionan con las naciones extranjeras o pierden su nombre propio. No
hay ejemplo de una ruina tan completa, y parece que una maldición
inexpiable perseguía a este pueblo. Todo lo que nos cuentan de ella,
sus enemigos son nefasto y sangriento. Las mujeres de Lemnos son las
que en una noche degüellan a sus maridos; los habitantes de Agila los
que lapidan a los Focios, sus prisioneros. No puede explicarse el exter-
minio de los Pelasgos y el tono hostil de los historiadores griegos en
este asunto, sino por el desprecio y el odio que despertaban en las tri-
bus heroicas los pueblos agrícolas é industriales. Este era, en efecto, el
carácter de los Pelasgos. Ellos adoraron a dioses subterráneos que cus-
todian los tesoros de la tierra; agricultores o mineros, ellos revolvían
su seno para sacar el oro o el trigo. Estas artes hermanas eran odiosas
a los bárbaros, para los cuales, toda industria que no comprenden es
magia. Las iniciaciones necesarias para entrar a formar parte de sus
diversas corporaciones motivaban, por sus misterios, las acusaciones
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DioDato Lioy
más odiosas. El culto mágico de la llama, ese misterioso agente de la
industria, la acción violenta de la voluntad humana sobre la naturale-
za, la mezcla o la profanación de elementos sagrados, las tradiciones
de Oriente de dioses serpientes y de hombres dragones que obraban
por el fuego y la magia, todo esto aterrorizaba la imaginación de las
tribus heroicas. Estas no tenían más que la espada contra las desco-
nocidas potencias de que disponían sus enemigos, y por todas partes
los perseguían con la espada. Se contaba que los Telquinos de Sicione,
de la Beocia, de la isla de Creta, de Rodas y de la Lidia habían verti-
do profusamente sobre los animales y las plantas el agua mortífera
del Estigio. Como las hechiceras de la Edad Media (θἐλγω), encantar,
fascinar), predecían y conjuraban las tempestades, tenían en su mano
la enfermedad y la salud. Los Cabiros de Lemnos, de Samotracia y de
Macedonia (el mismo nombre designaba a los dioses y a sus adora-
dores) eran herreros y mineros como los Cíclopes del Peloponeso, de
la Tracia, del Asia Menor y de Sicilia, que penetraban con la lámpara
sujeta a su frente en las entrañas de la tierra»1.
Max Müller expresa su opinión de que la raza turania o tártaro--
niense ha precedido a las razas semítica y aria. Donde quiera que pe-
netraron estas dos razas encontraron pueblos salvajes, a los que exter-
minaron, cuya memoria sobrevivió bajo forma de gigantes, de magos
o de animales. Varios de estos pueblos llegaron a la civilización como
los kuschitas y los kamitas en el Asia occidental y en el África, y los
chinos en el Asia oriental. Esta civilización primitiva tuvo un carácter
materialista, o sea un instinto religioso y poético poco desarrollado,
un sentimiento débil del arte, una tendencia a la elegancia y al rena-
miento, una gran aptitud para las artes manuales y para las ciencias
de aplicación, un espíritu positivo, inclinado al negocio, al bienestar y
a los placeres; nada de vida política, sino una administración tan com-
plicada, que en Europa no se conoció igual, sino en el imperio romano
y en los tiempos modernos. La civilización aria hizo desaparecer por
completo la civilización kuschita y la kamita; pero la china subsiste en
nuestros días.
El trabajo supone la propiedad, primero, de nuestras facultades pro-
pias; segundo, de la materia a que se aplican. Esto es claro, en cuanto
al trabajo material; pero tampoco habrá duda alguna para el trabajo
intelectual, si se considera que el artista es dueño del mármol que
esculpe, el escritor del papel a que confía sus ideas, como el profesor
y el médico son dueños (momentáneamente al menos) de la atención
del alumno o del cuerpo del enfermo.
La propiedad, como la sociedad, es natural en el hombre dotado de
libertad. La libertad consiste en la plena posesión de sí mismo, en la
1 Obra citada, cap. III, pág. 283.

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