Capítulo III. Las misteriosas huellas dactilares
| Autor | Wolfgang Wehner |
| Páginas | 120-136 |
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WOLFGANG WEHNER
CAPÍTULO III
LAS MISTERIOSAS HUELLAS DACTILARES
El caso Beck conmueve a la justicia inglesa.— Las huellas dactilares de la Antigüedad.—
La estafa de los pensionistas.— La genial idea de Sir William.— Un médico se convierte
en criminalista.— Un veterinario desea atrapar delincuentes.— Galton crea un siste-
ma.— La esencia de la dactiloscopia.— Las huellas dactilares esclarecen crímenes.— Juan
Vucetich revoluciona la criminalística.
El 10 de mayo de 1877 fue condenado un tal John Smith por la Centra l Crimi-
nal Court, de Londres, por estafa, a cinco años de prisión. Aquel individuo utilizan -
do el nombre de Lord Willoughby, que no era el suyo, como tampoco lo era el de
John Smith, sino el d e Ivan Weissenfels, origi nario del Este de Europa, se había
relacionado con señoras solitarias a las que ofreció el puesto de damas de compañ ía
en un castillo imaginario que se halla ba situado al norte del país.
Con cualquier pretexto conseguía que las señoras le entregaran joyas o dinero
en metálico y tomaba en seguida las de Villadiego, sin q ue sus víctimas sospecha-
ran nada en un principio.
En el mes de abril de 1881 fue libertado Smith. Permaneció dos años más en
Inglaterra. Se trasladó, luego, a Australia para abrir allí un productivo consultorio
médico.
Once años más tarde, la policía londinense tuvo noticia de que Smith se en-
contraba de nuevo en Inglaterra. Con el mismo método de hace diecin ueve años, se
dedicó en el año 1894 a expoliar a sus confiadas víctimas.
Todas las tentativas de la policía de arrestar al falso Lord Wil loughby fracasa-
ron, y no pudo tampoco recuperar para la infeliz Otilie Meis sonier las joya s que le
había estafado el pícaro Smith.
Miss Meissonier pasaba en la tarde del 27 de noviembre de 1895 casualmente
por la Victoria Street, cuando su vista se fijó en un anciano y elegante caballero.
Sus ojos despedían chispas cuando se enfrentó con aquel individuo, en tanto
exclamaba: «¡Caballero, yo le conozco a usted! ¡Devuélvame inmediatamente mis
dos relojes y mi anillo!»
El así interpelado permaneció mudo unos segundos y demostró luego su eno-
jo al ver que la Meissonier no cejaba en acosarlo. Se echó luego a un lado e intentó
ganar l a otra acera para terminar con la penosa escena.
La decidida Miss Meissionier no se dejó intimidar, siguió de cerca al supuesto
Lord Wi lloughby y como acertara a pasar por allí un policía lo denunció por robo
y estafa.
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HISTORIA DE LA CRIMINOLO GÍA
El agente condujo a aquel individuo y a su acusadora hasta la próxima comisa-
ría de policía, y allí mismo confirmaron algunas mujeres estafadas por Smith, que la
activa Miss Meissioner había citado como testigos, que el arrestado era el supuesto
Lord Willoughby. E l detenido afirmó, primero, furioso y, más tarde, desesperado
que él no era ni Lord Willoughby, ni tampoco Smith y mucho menos un delincuente
fichado. No había visto jamás a aquellas mujeres. Se llamaba Adolf Beck, era subidito
noruego, de profesión ingeniero, y vivía en Londres desde 1885. Era fácil comprobar
la veracidad de su declaración. La policía no se preocupó de hacerlo, sino que envió
a dos agentes en busca del policía jubilado Spurell y del inspector de policía Redstone,
quienes hacía ya cerca de veinte años habían intervenido en el caso Smith.
Los dos ancianos policías se mostraron dispuestos a jurar que Beck era Smith
y pretendieron recordar perfectamente las facciones de Smith, aunque el paso del
tiempo había dejado también allí sus huellas. Cuando otros ocho testigos se mani-
festaron dis puestos a levantar su mano par a ju rar la identidad de Beck-Sm ith-
Willoughby, se redactó entonces la acusación oficial contra el detenido.
El caso Smith fue visto en el 3 de marzo de 1896 y l os dos días siguientes por
la Central Criminal Court, el mismo juzgado que sen tenció diecinueve años antes
al acusado a cinco años de presidio, tal como el fiscal se cuidó de hacer patente.
«Smith», quien continuaba afirmando que se llamaba «Beck», neg ó apasiona-
damente su culpabilidad. Pero todos los testigos, uno tras otro, juraron que Beck no
era Beck, sino el es tafador John Smith, alias Lord Willoughby. Un perito calígrafo
determinó además que la letra del presidiario Smith del año 1877 era la misma que
la del acusado.
Tanta coincidencia de cargos debían tener una base muy sólida.
La sentencia del jurado fue de «culpable» y el juez condenó a Adolf Beck, alias
John Smith, como estafador reincidente, a la dura pena de siete años de presidio.
Esto resulta más trágico cuanto que la policí a tendrí a que haber albergado
dudas acerca de la identidad de Beck con Smith aún antes de celebrarse el juicio
oral. El jefe Clark F. J. Sims, encargado de la investigación del caso, no consideró
necesario hacer un estudio crítico sobre el material identificador de Beck, y despre-
ció pruebas de i mportancia que hubieran podido aclarar de manera definitiva la
personalidad d el acusado.
El inspector de Scotland Yard, Waldock, que se negaba a reconocer la culpabi-
lidad de éste y a quien le tocó r ealizar las pesquisas oficiales de dicho caso, redactó
por iniciativa propia una lista con las señales corporales de Joh n Smith, comparadas
con las de Beck.
Las diferencias eran enor mes. Así, por e jemplo, los ojos de Smith eran de
color pardo, en tanto que los de Beck eran azules. Se dieron además una larga serie
de divergencias que hubieran convencido al observador más atolondrado que Smith
no podía ser, en manera alg una, el pobre Beck.
El inspector de policía Wal dock comunicó el resultado de sus investigaciones,
tal como era su deber, a su jefe Sims y poco después recibió el pago a sus servicios.
Fue separad o del caso Beck y apareció en su puesto el famoso inspector Froest. Su
reputación criminalista no le impidió considerar a Beck, sin el estudio de pruebas
fehacientes, como culpable.
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