Amor, odio y Carl Coppolino
| Autor | Francis Lee Bailey |
| Cargo del Autor | Abogado en los Estados Unidos |
| Páginas | 175-215 |
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LA DEFENSA NUNCA DESCANSA
V.
AMOR, ODIO Y CARL COPPOLINO
Prólogo
Como todos los hombres, Carl Co ppolino come tía equivo caciones. La equi-
vocación que pagó más cara fue algo tan trillado y vulgar como es una aventurilla
con una vecina. Ella se llamaba Marge Farber, y tenía dieciocho años más que Carl.
Cuando la aventura terminó, la pasión de Marge se convirtió en algo muy diferen-
te: hizo que su ama nte fuese juzgado dos veces, acusado de asesinato. Durante el
primer juicio de Carl, yo hice este retrato de Marge al jurado:
—Esta mujer rebosa veneno por dentro, y me temo que a ntes de que termine
este juicio verán ustedes cómo se le derrama por el exterior. Quiere tanto al acusa-
do, que se sentaría gus tosa en sus rodillas en la silla eléctri ca mi entras dan la
corriente, solo para cerciorarse de que ha muerto. Esto no es un caso de asesinato,
ni mucho menos, sino una monumental y vergonzosa prueba de que en el infierno
no hay furia comparable a una mujer despechada.
1. Antecedentes del proceso
El primer ar tículo periodístico se publicó en Florida el 9 de julio de 1966, en el
Sarasota Herald-Tribune y bajo el título de «Invest igación en dos estados sobre la
muerte de una doctora de Sarasota».
La doctora era Carmela Coppolino, de treinta y dos años, madr e de dos niña s
de corta edad, y que había fallecido el 28 de a gosto de 1965, víctima al parecer, de
un ataque cardíaco. Pero transcurridos más de diez meses desde la fecha de su
muerte, las autoridades debatían la posibilidad de que hubiese sido asesinada con
una droga misterios a..., cloruro de succinilcolina. Los efecto s que prod ucía esta
droga eran muy parecidos a los del curare, el veneno que paraliza el sistema ner-
vioso y con el cual los indios brasileñ os empapan la punta de sus flechas. Empleado
en medicina para paraliz ar ci ertas zonas del cuerpo durante las operaciones, el
cloruro de succinilcolina posee una propiedad que lo convierte en elemento ideal
para cometer asesinatos: después de penetrar en el torrente sanguíneo, se descom-
pone en diversas sustancias que suelen hallarse en el organism o, por lo que su
presencia resulta prácticamen te imposible de descubrir.
El suceso era de los que gustan al gran público. Tení a todos los ingredientes
necesarios para un caso sensacionalista: una joven esposa, una droga mortífera... y
un marido torvo y siniestro. Este, el doctor Carl Coppolino, de treinta y cuatro
años, era un anestesista que estaba delicado del corazón y que en 1965 se trasladó
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FRANCIS LEE BAILEY
con su familia desde Middletown, en Nueva Jersey, a Sarasota. En su calidad de
anestesista, conocía perfectamente el cloruro de succinilcolina. Por otra parte, a la
muerte de Carmela cobraría un cuantioso seguro. Y transcurridos tan solo cuarenta
y dos días después de su fallecimiento, Coppolino contrajo nuevo ma trimonio con
una divorciada muy bien parecida que conoci ó en una reun ión d e bri dge a los
pocos meses de haberse trasladado a Florida.
Esto solo era la mitad del caso. El o tro e stado a ludido en los titula res de l
periódico era Nueva Jersey, donde las autoridades se hallaban investigando la muerte
de William E. Farber, de cincuenta y cuatro años, jefe en una compañía de seguros
y coronel retirado, que falleció en Middletown el 30 de julio de 19 63. Asimismo,
casi tres años después, la policía considera ba la posibilidad de que hubiese sido
asesinado. El sospechoso era el doctor Carl Coppolino, antiguo vecino de Farber.
En ambos casos, Coppolino fue acusado por la misma persona: Marjorie Cullen
Farber, una esbelta mujer de cabellos negros que en bikini aún estaba de muy buen
ver, a sus cincuenta y dos años. Er a la viuda de Wi lliam Farber y la ex amante de
Carl Coppolino. Afirmaba que éste, experto hipnotizador, h abía anulado su volun-
tad consiguiendo de ella lo que se propuso y obligándola a colaborar con él en la
muerte d e su marido.
El 21 de julio de 1966, Coppolino, que era un hombre moreno, de pelo negro
y gruesas cejas, expresión imperiosa y cara angulosa y enérgica, fue procesado por
un gran jur ado del condado de Monmouth, en Nueva Jersey, por el asesinato de
William Farber. Cuatro días después otro jurado del condado de Sarasota, lo proce-
só en Florida por el asesinato de su e sposa Carmela. Los elementos que se mezcla-
ban en este caso —muerte, misterio, sexo y suspense— fueron captados, como ya
era de esperar, por la prensa más sensacionalista. Y revistas de circulación nacional
como Newsweek, Life yTime revelaron muchas cosas que tenían la consideración de
pruebas... da tos que solo podían haber sido expuestos a los periodistas por funcio-
narios públicos, cuyo deber ante la ley y la moral más elemental consistía en no
airear tales informaciones.
Por ejemplo, en diciembre de 1965 el doctor Milton
Helpern, principal médico forense de la ciudad de Nueva York, efectuó la
autopsia de los restos de Carmela. Helpern advirtió la presencia de un pinchazo
hecho, al parecer, con una ag uja hipodérmica en la nalga, y se llevó una sección del
tejido para someterlo a examen micros cópico. También se llenó once tarros con
tejidos orgánicos y los entregó al doctor C. Joseph Umberger, director del laborato-
rio de toxicología de su departamento. Ordenó a Umberger que primero buscase la
presencia de venenos desconocidos, pero que si sus análisis resultasen neg ativos en
este sentido, debía intentar localizar la presencia de cloruro de succinilcolina. No
existía prueba conocida para dete rminar la presencia de este tóxico, y a l mes de
julio siguiente, en vista de que las conclusiones a que había llegado Umberger eran
inciertas, las pruebas continuaron. Sin embargo, la revista Life informó a sus lecto-
res de que el proceso de Sarasota era el resultado de la determinación posi tiva del
cloruro de succinilcolina en los restos de Carmela.
Otros artículos peri odísticos se referían al médico forens e de l con dado de
Monmouth, el doctor Malcolm Gilman, de quien se decía que había inyectado cloru-
ro de succinilcolina a var ios conejos, para enterrarlos después en su jardín. Al cabo
de cierto tiempo los desenterró y trató de hallar en ellos trazas de la droga. Se decía
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LA DEFENSA NUNCA DESCANSA
que este experimento fue el que provocó la decisión de exhumar los restos macabros
del coronel Farber. Lo que no se dijo fue que estos análisis no tenían el menor valor
científico ni jurídico... en realidad, tenían tan poco valor , que ni siquiera se presen-
taron como prueba ante los tribunales de Nueva Jersey o de Florida .
En el Cementerio Nacional de Arlington, solo a unos pasos de la tumba del
Soldado Desconocido, el cadáver de Farber fue exhumado el 14 de julio de 1966.
Dos días después Helpern efectuó la autopsia. El médico forense descubrió que el
cartílago cricoides —un anillo duro y estrecho que rodea la parte inferior de la
laringe— presentaba dos fracturas. Entonces afirmó que Farber había muerto es-
trangulado. El cartílago fracturado recibió amplia publicidad. Pero nadie aludió a la
gran posibilidad de que la fractura fuese posterior a la muerte y nada tuviese que
ver con el fallecimiento de Farber.
Si la situación no hubiese sido tan delicada casi hubiera resultado ridículo.
Aunque aún no se había celebrado juicio alguno, eran ya muchos lo s convencidos
de que Carl Coppolino ha bía perpetrado dos asesinatos. Y sin embargo, la cuestión
esencial no era saber quién los cometió, sino ésta: ¿se había cometido en realidad
un asesinato? Basándose en las pruebas existentes, ninguno de ambos casos debió
de haber si do sometido a un jur ado de acusación. Pero Coppolino fue procesado
por partida doble, y ambos casos se llevaron a los tribunales.
Carl Co ppolino pasó su infancia y su juventud en Brooklyn, d onde su padre
era un barbero que trabajaba como asalariado en diversas barberías. Carl, mucha-
cho inteligente y ambicioso, trabajaba durante el verano para poder pagarse los
estudios en la Universidad de Fordham. Subvenía a sus gastos con los cinco dólares
por semana que le pasaban sus padres a costa de grandes apuros, y con sus ganan-
cias en las partidas de poker con apuestas máximas de diez centavos que jugaba
todos los días en la cafetería de la facultad. En 1952 empezó a salir con Carmela
Musetto, una est udiante de primer curso de medi cina en el Trinity College de
Washington, D. C, e hija de un renombrado médico.
Después de graduarse en 1954, Carl ingresó en el Centro Médico de Downstate,
adjunto a la Universidad del Estado de Nueva York y sito en Brooklyn. Carmela,
por su parte, ingresó en el Col egio F emenino de Fil adelfia, pero pasó a l Centr o
Médico de Downstate en 1956. Tenía motivos para ello: aquel mismo verano se
había casado con Carl. Cuando ambos se doctora ron, en 1958, ya tenía n una niña de
once meses, que se hallaba al cuidado de la madre de Carmela.
En 1960, la niña fue a vivir con sus padres y éstos instalaron su hogar en
Nutley, en Nueva Jer sey, donde Carmela tra bajaba como consultant e pa ra una
empresa de productos farma céuticos. Carl era primer anestesista en el Hospital
Metodista de Nueva York. En 1962 ing resó como anestesista en la plantilla del
Hospit al Riverview d e R ed Bank, en Nue va Jersey, y ento nces el matrim onio
Coppolino se mudó a una casita de dos pisos en una nueva urbanización situada
frente a los jardines del Parque d e Middletown. En octubre de aquel año, Carmela,
que volvía a estar encinta, invitó a tomar el té en su casa a varias señoras de la
vecindad. Entre éstas se hallaba una atildada y simpática mujercita de cuarenta y
ocho años que vivía en la misma calle. Se llama ba Marjorie Farber.
En enero del año siguiente, Carmela dio a luz a una segunda niña. Carl había
sufrido d os ataques cardíacos y descubrió que tenía una insuficiencia coronaria, lo
que l e obligó a dejar su puesto en Riverview y a solicitar la indemni zación que le
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